A tres décadas de su debut en el Festival Nacional de Folklore, Soledad Pastorutti protagonizó una noche histórica en la Plaza Próspero Molina con un recital de más de tres horas, una puesta en escena impactante, numerosos invitados y un cierre cargado de emoción.
El regreso de Soledad Pastorutti al escenario Atahualpa Yupanqui quedó marcado como uno de los momentos más memorables de esta edición del Festival de Cosquín. Bajo una lluvia persistente y ante un público que no abandonó el predio en ningún momento, la artista celebró los 30 años de aquel debut que, en enero de 1996, la catapultó al centro de la escena del folklore argentino cuando tenía apenas 15 años.
Aquella primera aparición había sido breve y casi improvisada: estaba previsto que interpretara una sola canción, pero la respuesta del público fue tan contundente que desbordó el programa oficial. Desoyendo indicaciones de los organizadores y revoleando el poncho, Soledad inició un camino artístico que la convirtió en una de las voces más populares del país. Tres décadas después, esa historia volvió a cruzarse con Cosquín, esta vez con entradas agotadas y una expectativa que se intensificó cuando comenzó a llover pasadas las 23.

Lejos de desanimar a la multitud, el agua terminó reforzando el clima de celebración. Familias completas, desde bebés hasta personas mayores, permanecieron en la Plaza Próspero Molina protegidas con pilotos de colores, transformando la lluvia en parte del ritual colectivo que acompañó toda la noche.

El espectáculo comenzó cerca de la 1.30 de la madrugada con una escena impactante: una grúa avanzó hacia el escenario sosteniendo una gran luna desde la cual descendió Soledad, suspendida en el aire, mientras la ovación del público superaba el sonido de la lluvia. Desde allí interpretó Sigo siendo yo y Vivir es hoy, dando inicio a un show estructurado en tres momentos bien definidos.
Tras un primer tramo con un perfil más eléctrico y cercano al pop, similar al que presentó en el Movistar Arena, la cantante dio paso a la etapa de invitados y, finalmente, al segmento dedicado a los clásicos de su repertorio. Luego de Adonde vayas, realizó un cambio de vestuario y, con un mono verde, interpretó La copla e Hispano, antes de recibir al primer invitado de la noche.

La seguidilla de participaciones especiales comenzó con el puertorriqueño Pedro Capó, quien se sumó para una versión compartida de Piel y canela. Más tarde, Teresa Parodi aportó emoción con El cielo del albañil; Nahuel Pennisi interpretó junto a Soledad Como un cisne y Cazzu sorprendió al público al sumarse en Cómo será. El clima festivo continuó con La Delio Valdez, que llevó el show hacia una impronta cumbiera con Nada tengo de ti y Que nadie sepa mi sufrir.

Uno de los momentos más emotivos llegó cuando Soledad se retiró brevemente del escenario y su hermana Natalia tomó el protagonismo con Sapo cancionero. Minutos después, ambas compartieron escena para interpretar Amor en vuelo, De mi madre, Alma, corazón y vida y Rosario de Santa Fe, recreando la complicidad familiar que marcó los comienzos de su carrera.
Con el público completamente entregado y la lluvia sin dar tregua, pasadas las cuatro de la mañana llegaron las canciones más emblemáticas de su trayectoria, como Bahiano, Tren del cielo y Entre a mi pago. Hubo una despedida engañosa con Salteñita de los Valles, en homenaje a aquella primera noche en Cosquín, antes del tramo final del recital.

Antes del cierre definitivo, la artista presentó a los músicos que la acompañaron durante la velada y llamó al escenario a su marido y a sus hijas, quienes le regalaron un bombo y le colocaron un poncho que mantuvo puesto hasta el final. A las 4.10, interpretó Brindis bajo la lluvia y protagonizó uno de los momentos más conmovedores de la noche al sostener en brazos a Bautista, un bebé de siete meses que fue acercado desde el público, mientras la multitud coreaba la canción.
Finalizado el recital, Soledad dialogó con la prensa y reflexionó sobre aquella adolescente de 15 años que subió por primera vez al escenario de Cosquín. Agradeció la fortaleza de esa etapa inicial, los sacrificios de los comienzos y el recorrido realizado en una época sin redes sociales, que hoy le permite disfrutar plenamente de su presente artístico.

La celebración se extendió más allá del escenario. Cerca de las cinco de la mañana, la cantante se despidió en caravana, subida a una autobomba que recorrió el trayecto entre la Plaza Próspero Molina y la Plaza San Martín, acompañada por una multitud que se resistía a ponerle punto final a la noche.
Treinta años después de su irrupción en Cosquín, Soledad Pastorutti volvió a confirmar su vínculo inquebrantable con el folklore, manteniendo la misma energía y el objetivo de acercar la música popular a nuevas generaciones sin perder su esencia.
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